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Sobre la lengua rarámuri
Los rarámuri (±)-Nutlin-3 cost quienes me referiré aquí habitan la zona sur del municipio de Carichí en el estado de Chihuahua. Se trata de una región conformada por los ejidos de Narárachi, Tewerichi, Wawachérare, Chinéachi y Bakiachi (figura 1). Rarámuri es el etnónimo de estos indígenas, también conocidos como tarahuma-ras, población mayoritaria en la así llamada sierra Tarahumara. Según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (2011), en el estado de Chihuahua actualmente viven unas 85 316 personas de 3 años y más, hablantes de la lengua rarámuri. Las variantes de la lengua, en las diferentes áreas de la sierra, se encuentran ubicadas de la siguiente manera: 1) oeste, representada por las hablas localizadas al oeste de la narranca de Urique; 2) norte, que incluye a las hablas de Sisoguichi, Narárachi, Carichí, Ocórare, Pasigochi y Norogachi; 3) centro, representada por las hablas de la región de Guachochi; 4) cumbre, representada por las hablas localizadas entre las barrancas de Urique y Batopilas; y 5) sur, que incluye las hablas empleadas al sur de la barranca de la Sinforosa, al este de la región tepehuana, además de algunas subáreas consideradas como de transición (Valiñas, 2001: 116-118; 2002: 260-261). En este caso, la variante lingüística correspondiente a nuestra región de estudio sería la norte. Por su parte, Miller (1983) clasificó tres dialectos de la lengua de los rarámuri que se distinguen entre sí por su fonología, sintaxis y léxico: occidental, oriental y del sur, de acuerdo con esta clasificación que ubicaría nuestra región de estudio se ubicaría dentro de la variante oriental.
Del macro ofilumyuto-nahua derivaron varias familias lingüísticas, entre otras la tepima y la taracahita. De esta última han desaparecido ya algunas lenguas, como el eudeve y el tehueco (Schumann, 2000; Wolf, 2001); no obstante, todavía quedan algunas vivas como el mayo, el yaqui, el guarijío y el rarámuri. Mi experiencia en el empleo de la lengua de nuestra región de estudio me indica que, a nivel social, ésta varía fundamentalmente en los niveles morfológico y fonológico más que en el lexicológico. Es decir, los cambios más comunes entre un ejido y otro se dan en el intercambio vocálico /e/ por /i/ como en eká, iká (viento), /o/ por /u/: okwá, ukwá (dos); en los fonemas fuertes y débiles/p/por/b/como en pa’wí, ba’wí(agua), /g/ por /k/ como en gawí, kawí (cerro) y /r/ por /l/ como en rarámuri, ralamuli. Según los lingüistas, esta /l/ que ellos llaman “líquida retrofleja” es más acorde con el sonido que emite la voz cuando aparece intermedia en la terminología rarámuri. Sin embargo, para simplificar su lectura, en las siguientes páginas me voy a permitir emplear el fonema /r/ suave. En esta lengua no existen los sonidos /d/ni /f/, y para simplificar la escritura, en lugar de los sonidos /c/ y /qu/ usaré siempre /k/ como en Bakjachi. El resto de los fonemas, tanto consonantes como vocales, se emplean como en el castellano con la salvedad de que en el rarámuri existen vocales dobles y largas, así como la oclusión glotal o satillo, inicial e intermedio, como en ’na (por), e’ena (andar varios). El sonido/tz/lo escribo siempre como/ch/ y uso /gu/ y no /w/ semivocal. Si se quiere profundizar en el conocimiento de la lengua rarámuri puede verse Brambila (1953, 1976), Gassó (1903), Guadalaxara (1683), emsp Lionnet (2001,2002), Servín (2002), Tellechea (1826), 2002).

La orientación en el espacio geográfico
La consideración del espacio que habitan los rarámuri del ARC podría partir de la observación de los caseríos dispersos; esta diseminación habitacional, determinada por la geografía serrana, confluye en un centro o cabecera ejidal que ellos Mamanpóbora (pueblo) al cual se adscriben aun cuando esta decisión no siempre coincide con las fronteras de los ejidos, marco territorial considerado por el Estado mexicano. Este espacio geográfico está configurado básicamente por montañas, barrancos de mediana altura y valles de poca extensión, aún boscosos y regados por un río principal (el Conchos) que corre en dirección este-oeste, y sus varios afluentes importantes convertidos en arroyos de mínimo caudal la mayor parte del año. Este paisaje hace imposible la orientación en el espacio con base en los llamados “cuatro puntos cardinales” y el uso de una brújula es asunto inútil toda vez que guiarnos por “el norte” puede hacernos topar con barrancos o montes quebrados. Entre los miembros de un grupo vecino de los rarámuri ocurre algo similar y, de acuerdo con Miller, los guarijíos, por ejemplo “no manejan direcciones cardinales” (Miller, 1988: 501). Ciertamente la serranía exige una forma distinta de orientarse en el espacio pero no debemos confundir la direccionalidad en sentido geográfico general con la del espacio ritual de la que más ha hablado en la etnografía clásica sobre los rarámuri. Esta se ha referido a nuestros cuatro puntos cardinales (norte, sur, este, oeste) para describir la orientación de las personas en los patios ceremoniales, y así Lumholtz, por ejemplo, se refirió a ellos cuando habló de los circuitos ceremoniales (Lumholtz, 1981 [1902], I: 267-268). Bennetty Zingg(1978 [1935]: 419) incluso nos ofrecen la traducción de estos referentes direccionales: norte (omígiógona), sur (túgeke), este (oruí) y oeste (tobóku). Tratando de explicar este aspecto, Thord-Gray (1955: 77-79) apuntó seis direcciones del mundo, añadiendo el “arriba” y el “abajo”, en donde además el centro sería el patio ceremonial, por ejemplo, del yúmari, ceremonia fundamental en la praxis religiosa rarámuri. Asimismo, recientemente, hablando sobre el lenguaje del espacio en el contexto ritual en Coyachique, Pintado señala que los “puntos cardinales” se refieren más bien a “cuadrantes específicos: paní (arriba) se refiere al cuadrante nororiental y relé (abajo) al cuadrante sudoccidental” (Caballero y Pintado 2012: 4-5).