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En concordancia con lo anterior, el análisis de los datos empíricos de la investigación fue mostrando que el uso generalizado del género como sinónimo de desigualdad, o como sinónimo de mujeres, no resultaba útil para la comprensión buscada del orden discursivo de género, por lo cual me distancié de esa perspectiva y en su lugar comencé a trabajar en el registro simbólico que implicaba la pregunta de si el género tenía un referente en “lo real” y al cuestionamiento de la existencia de una correspondencia directa entre las categorías de género —mujer/hombre o femenino/masculino— con los individuos concretos diferenciados por el esquema bipolar de clasificación anatómica. A partir de ahí entendí que las categorías de género (ya sea “hombre”, “mujer”, “gay” o cualquier otra) son imaginarias, no tienen como referencia en lo real PF-01367338 cost un tipo de persona, sino que se trata de una posición simbólica en un conjunto de relaciones formales definidas por el principio ordenador de género. Se podía, llegado ese punto, parafrasear a Donald (1996) cuando habla acerca del pronombre “yo” —el cual denota una posición en un conjunto de relaciones lingüísticas, es decir, una posición vacía que hace posibles los enunciados únicos de quien lo utiliza y que, por lo tanto, igualmente puede ser ocupada por cualquier persona—; es decir, me di cuenta de que las categorías de género también denotan un lugar vacío que puede ser ocupado por cualquier persona: ocupado en el sentido de hablar desde ahí, no en el de recibir de este una identidad sustancial al hacerlo.
Esta perspectiva me llevó fuera del callejón sin salida en el que atrapa la ideología de las identidades esencialistas que implica el uso del género como concepto que podría explicar por sí mismo las diferencias imaginarias; además, permitía observar las ambigüedades, las paradojas y las contradicciones inevitablemente presentes en la realidad social, como parte sustantiva de los datos de investigación. Es decir, me di cuenta de que con esta perspectiva era posible distinguir posiciones subjetivas transitorias asumidas como lugares provisionales desde donde los sujetos hacían planteamientos o declaraciones, pero que no necesariamente los definían al situarse ahí: los varones de la región se situaban, en el performance cultural de la charrería, en la posición de cierta masculinidad desde donde se establecían principios definidos no solamente en cuanto a Crossover fixtion las relaciones de género, sino también respecto a la identidad regional, al nacionalismo y a las relaciones políticas más amplias, al igual que las muchachas que concursaban en los certámenes de belleza asumían una posición simbólica no solamente de cierta feminidad, sino también de cierta moralidad vinculada con la identidad regional, nacional y otros registros simbólicos. De esta manera descubrí una panorámica mucho más flexible y móvil que dejaba ver matices más ricos en el universo estudiado y, sobre todo, que hacía visibles los límites de las identidades —que se revelaban muy restrictivas— y, por lo tanto, los espacios para observar una posible y siempre fugaz subjetivación que permitía reflexionar el importante tema de la agencia social.
Por esta vía, el análisis de las configuraciones de género regionales estudiadas me permitió poner a prueba el potencial explicativo de las herramientas conceptuales centrales de los estudios de género y conocer sus límites; pude saber que este concepto, además de no tener la posibilidad de explicar en sí mismo las desigualdades sociales de manera automática y directa, y de no ser transparente su nexo con el poder, era más bien un importante rehén en el juego político de las identidades y un recurso retórico de alto poder. Poco a poco llegué a la conclusión de que el género debe ser considerado como un elemento que participa en la configuración de un terreno de interacción discursiva que, en su ambigüedad y oscuridad semántica, no es muy útil para la comprensión del mundo social, pero sí para delimitar la arena social para el debate y el posicionamiento político de los actores en relación con la lógica de la diferencia sexual, en un registro marcado por el exceso significativo y la inestabilidad semántica. De esta manera, fui entendiendo el género como un término más útil para el juego político que para la comprensión (Verstehen) de los procesos sociales y que, en dicho juego, lo central es que el género era un término que, por una parte, producía efectos perversos al ser usado de manera oportunista en el contexto finisecular de la crisis de las identidades, y por otra, era un término despojado de un significado pleno que estableciera los límites para su uso indiscriminado, al establecer con precisión un supuesto uso correcto o verdadero.